
ESGE
REVISTA CIENTÍFICA
Volúmen V / Número I / Julio 2026 / Lima Perú
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Introducción
La guerra adaptativa, una respuesta a la “fricción” de Clausewitz y al uso de la sorpresa
descrito por Sun Tzu, se ha consolidado como brújula doctrinal para fuerzas que operan en
entornos volátiles y asimétricos. Diversos estudios sostienen que la esencia política de la guerra se
mantiene: las fuerzas aún emplean la violencia organizada para imponer su voluntad al adversario
(Clausewitz, 2016, p. 31). Burk (2017, p. 12), Gat (1994, p. 19) y Liddell Hart (1967, p. 61)
coinciden en que las organizaciones que sobreviven y vencen son aquellas capaces de recongurar
sus estructuras, explotar enfoques indirectos y evitar el desgaste innecesario. Por ello, los ejércitos
occidentales adoptan el concepto de operaciones multidominio para integrar maniobras terrestres,
aéreas, navales, espaciales y cibernéticas a través de redes robustas de mando y control; esta
doctrina exige delegar la toma de decisiones y fomentar la creatividad táctica en niveles inferiores
(Ellison & Sweijs, 2024, pp. 48–63).
El elemento más visible de esta adaptación es la proliferación de drones y sistemas
autónomos. En 2010 solo tres países contaban con drones armados, pero en 2024 más de cuarenta
Estados y múltiples actores no estatales emplean estos sistemas en más de treinta conictos
(Nevola & d’Hauthuille, 2024, pp. 118–134). La principal ventaja radica en la economía y la
escalabilidad: un dron comercial modicado cuesta centenares de dólares, frente a misiles
que valen millones (Béchard, 2025, pp. 26–46), y las mejoras en navegación y visión articial
permiten a enjambres identicar y atacar objetivos sin guía continua (Béchard, 2025, pp. 96–110).
Países como Estados Unidos lanzan programas como Replicator y compañías privadas en China
producen miles de unidades, lo que genera una carrera por saturar el espacio aéreo y desarrollar
contramedidas (Ali, 2025, pp. 126–149).
Ucrania se ha convertido en el laboratorio emblemático de esta revolución. La línea de
contacto del Donbás está dominada por vehículos aéreos no tripulados y, en 2024, los drones
representaron alrededor del 70 % de los ataques contra tropas y equipos rusos (Reuters, 2025, p.
298). La Operación Telaraña, ejecutada el 1 de junio de 2025, ilustra cómo la innovación táctica
puede compensar la inferioridad material: 117 drones ocultos en camiones civiles atravesaron la
frontera y golpearon simultáneamente cuatro bases aéreas rusas, destruyendo más de cuarenta
aviones (Ali, 2025, pp. 79–87). Estos aparatos de bajo costo, dotados de autopilotos de código
abierto y algoritmos de visión, localizaron puntos vulnerables en grandes bombarderos y desataron
una ola de ataques de precisión (Béchard, 2025, pp. 440–506).
Las regiones periféricas muestran evoluciones similares. En el Sahel, militantes
islamistas adaptan drones comerciales para lanzar artefactos improvisados; Koné y Koné (2025,
pp. 90–106) registran una decena de ataques kamikaze en Malí, Burkina Faso y Níger entre 2023
y 2025. En Yemen, los hutíes han fabricado enjambres de bajo costo capaces de volar más de
2 600 kilómetros, y en Gaza las milicias combinan túneles, guerra electrónica y vehículos no
tripulados para eludir la superioridad israelí (Nevola & d’Hauthuille, 2024, p. 135). Rusia, por su
parte, ha fusionado drones de primera persona con municiones merodeadoras y guerra electrónica
para interrumpir las líneas de suministro ucranianas y lograr avances locales (Stepanenko, 2025,
pp. 32–68). Estas innovaciones plantean dilemas éticos y estratégicos: la autonomía creciente y
las armas hipersónicas pueden erosionar los mecanismos tradicionales de disuasión (Sprengel,
Edgar Jonathan Ortega Goyzueta
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